
EL PADRE GUSTAVO GUTIERREZ

El Padre Gustavo Gutiérrez es un referente moral para el Perú. El Premio Príncipe de Asturias (uno de tantos reconocimientos internacionales que ha recibido) lo vuelve a poner ante la consideración de un país parco en enaltecer a sus verdaderos ejemplos, y pródigo en levantar ídolos de barro.

El Padre Gustavo Gutiérrez es un referente moral para el Perú. El Premio Príncipe de Asturias (uno de tantos reconocimientos internacionales que ha recibido) lo vuelve a poner ante la consideración de un país parco en enaltecer a sus verdaderos ejemplos, y pródigo en levantar ídolos de barro.
No vamos a recordar ahora su méritos intelectuales, ampliamente difundidos la semana pasada. Nos interesa reflexionar por qué razón lo consideramos como un referente nacional, cuando hay distinguidos escritores y científicos, que a pesar de sus méritos no llegan a constituirse en tales.

Estudió en la Facultad de Medicina en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos entre 1947 y 1950. Quería ser psicólogo. Se inclinó por el sacerdocio ingresando al seminario en Santiago de Chile. Fue un brillante estudiante y, como se hacían las cosas en esa época, fue enviado a Europa para complementar y proseguir con sus estudios de postgrado, dándole la oportunidad de estudiar en Bélgica, Francia y Roma antes de ser ordenado sacerdote católico en 1959.


Es partiendo de esa intensa vida comprometida, que elaboró sus libros. Ellos no son sólo trabajo académico, sino también y sobre todo reflexión, sistematización, comparación, relación de la vida propia y la de los otros, en especial los oprimidos a los cuales se dedicó.
Gustavo Gutiérrez tuvo que sufrir, como todo auténtico referente, la persecución de quienes veían cuestionada su posición de poder (económico, político o eclesial) al ser confrontados por sus escritos y su vida. Una persecución que no lo amilanó, pero sobre todo tampoco lo amargó ni convirtió en rencoroso.
Que el reconocimiento que hoy le brindamos, nos impulse a reconocer a otros peruanos ilustres silenciados por los medios de comunicación, y sofocados a veces por nuestra propia mezquindad.
Juan Borea Odría
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